«-A ver qué os parece esto -les propuse a los niños mientras los secaba en el baño del Mercury-. Podemos inventar una palabra que se refiera a una familia que, con el tiempo, se ha curado de todas sus heridas.

Los niños me miraron perplejos. Ambos estaban envueltos en las toallas blancas limpias del hotel.

-¿Qué tal albacicleón? -propuso mi hija al cabo de solo un momento.

-Por qué albacicleón -pregunté.

-«Alba» se refiere a la mañana y las mañanas significan curación, «cicle» por las bicicletas, que te hacen sentir bien, y «león» por… por… -empezó a trabarse.

-Por motivos obvios -sugerí.

-Sí. Albacicleón -sonrió.

-Eso no se puede hacer -dijo mi hijo-. ¡No se pueden inventar palabras!

-Claro que se puede -dije, mientras empezaba a ponerles los pijamas. Shakespeare lo hace continuamente».

Ethan Hawke: Un brillante rayo de oscuridad

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