«En mi primer año de vida debí de oír mucho más coreano que inglés. Mientras mi padre estaba trabajando, yo me quedaba en una casa repleta de mujeres que me cantaban nanas, me acostaban con un jajang jajang y me arrullaban con expresiones como Michelle-ah y aigo chakhae. La televisión sonaba de fondo: noticias, dibujos animados y series en coreano que llenaban los espacios con más vocabulario. Y, por encima de todo ello, la estruendosa voz de mi abuela, que remarcaba cada vocal sostenida y cada frase cantarina con el distintivo gruñido coreano que emergía, exagerado, del fondo de su garganta, como el sonido que produce un gato enrabiado o alguien a quien se le ha atravesado un gargajo.

La primera palabra que pronuncié fue en coreano: umma. Incluso de bebé, percibía la importancia de mi madre. Ella era la persona a la que más veía y, en el oscuro confín de la conciencia emergente, ya intuía que era mía. De hecho, ella fue mi primera y mi segunda palabra: umma y, después «mamá». La llamaba en dos idiomas. Ya entonces debía de saber que nadie me querría tanto como ella.»

Lágrimas en H Mart, de Michelle Zauner

Imagen: Wind, de Song Lee

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