«Cuántas veces, a lo largo de mi vida ulterior de persona «culta» (…) debí reaprender a hablar: olvidar las pronunciaciones y las expresiones erróneas, los modismo regionales, corregir el acento del noreste y, al mismo tiempo, el acento popular, adquirir un vocabulario más sofisticado, construir secuencias gramaticales más adecuadas… En suma, controlar permanentemente mi lenguaje y mi elocución. «Hablas como un libro», me decían con frecuencia en mi familia para burlarse de mis nuevas maneras, sin dejar de mostrar que tenían bien en claro lo que querían decir. Como consecuencia, comencé, inversamente, a prestar mucha atención -y lo sigo haciendo hoy en día-, cuando me encontraba con esas personas cuya manera de hablar había desaprendido, a no usar giros idiomáticos demasiado complejos o inusitados en los medios populares, a esforzarme por encontrar la entonación, el vocabulario, las expresiones que, si bien están relegadas en un recóndito lugar de mi memoria y ya casi no las uso, nunca olvidé. No se trata exactamente de un bilingüismo, sino de un juego entre dos niveles de lengua, dos registros sociales, en función del medio y de la situación.»
Regreso a Reims, de Didier Eribon
Imagen: My Sketchbook, de Ksenya Istomina





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