«»Perder» una lengua, es quedarse deslenguado. En la familia de mi madre eran once hermanos. Los tres mayores hablaron de chicos el francés de sus padres, que me imagino espeso, meridional; luego la familia se volvió monolingüe. Los padres, mis abuelos, ¿seguirían hablando su francés en privado, cuando se contaban cosas, cuando hacían el amor? Nadie puede contestar esa pregunta. Es como si el francés, en esa familia, se hubiera escondido en el clóset. Pienso: si yo hubiera tenido hijos, ¿en qué idioma les hubiera hablado? ¿Cuál habría reprimido?
Porque el francés era el idioma que mi madre había perdido quise, desde muy temprano, recuperarlo en su nombre. No quería que mi padre fuera bilingüe y mi madre no. De muy chica pedí aprenderlo y contrataron a una maestra, una vieja amiga de una tía de mi madre, para que nos enseñara a mi hermana y a mí. Madame Suzanne, como la llamábamos, usaba turbante y nos hacía escuchar a Charles Trenet. Aún hoy, si escucho Ménilmontant, inevitablemente vuelvo al comedor de la casa de mis padres, a Madame Suzanne, mi hermana y yo inclinadas sobre una victrola, y a mi madre que nos mira desde el otro cuarto, como si quisiera unirse a nosotras y no se atreviera.»
Silvia Molloy: Vivir entre lenguas
Imagen: The Wyndham Sisters, de John Singer Sargent





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