Tus huesos y tu carne se convirtieron en cenizas y las guardamos en una caja. Decían en el tanatorio que mejor en una urna pero nosotros las pusimos en esa caja de marfil blanco que te gustaba tanto. Te la había traído tu hermano de la India y siempre la tenías a la vista. Igual es el único objeto que te fue acompañando de casa en casa en todas tus mudanzas. Decía que tu cuerpo lo guardamos en una caja, el fuego acaba con casi todo, pero tu voz, tus pensamientos, tus ocurrencias… dónde estarán. La habilidad de tus manos, la forma de mirar, tantas cosas que sabías, ¿a dónde irá a parar todo eso? ¿Se desvanece, así sin más? ¿No es un gran desperdicio? Una cosa que no entiendo es que lo que sabemos no lo transmitamos en los genes como transmitimos el color de los ojos o  el cáncer de mama. No es cierto que estemos bien hechos, toda esa gente que piensa que la naturaleza es sabia… a mí me parece que están equivocados. ¿Cómo es posible, si no, que se muera alguien como tú?

Todavía no hemos pensado qué hacer con las cenizas, las tenemos en la caja blanca que te decía y nos parece que algo de ti está ahí, miramos la caja y te hablamos, que si han abierto la estación, que si están creciendo los narcisos del Paseo de los Fueros. Si lo piensas bien es mejor tener las cenizas que tenerte enterrada en el cementerio, tan lejos, el frío que tiene que hacer por la noche. Hasta a la Tigra le gusta que estés ahí, se echa debajo de la mesa y se queda acurrucada, echando en falta tus pies.

Yo he pensado que te voy a escribir, que quién sabe si lo podrás leer o no, igual te llegan ondas electromagnéticas, o lo que sea, ¿te acuerdas de aquella película que nos gustó tanto, La Llamada? Pues eso.

Imagen: Interior en la calle Strand, de Vilhelm Hammershoi

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