«John Ferguson tenía ahora ya nombres para todas estas cosas -el campo, la bruma, el pudin, el muro con el regato que lo atravesaba-, y sabía que eran palabras muy distintas de las que empleaba Ivar para describir otro tipo de campos y otros tipos de niebla, o un pudin que no estuviese envuelto en tripa de oveja, o un muro que no fuese atravesado por un regato.
Y ahí residía la dificultad, especialmente cuando se trataba del tiempo y del agua: para cada nueva palabra que Ivar le ofrecía a John Ferguson, siempre parecía haber otra que describía una versión levemente distinta de la misma cosa pero que, demasiado a menudo -al menos para John Ferguson-, parecía exactamente la misma.
Todavía no era capaz de distinguir, por ejemplo, entre las muchas palabras que a él le parecía que designaban «un mar embravecido». Tampoco sabía distinguir entre gob y gagl, o entre degi y dyapl, o entre dwog y diun. Todas esas palabras las traducía como «una ciénaga fangosa» o «un barrizal pantanoso».»
El lenguaje, ese misterio maravilloso, ese pozo sin fondo dispuesto a asombrarnos siempre.
Carys Davies: Despejado
Imagen: Waiting in Shade, de Tallulah Hutson





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