«De vez en cuando, al llegar a un promontorio rocoso o a una extensión de suelo pedregoso y sin hierba, se obligaba a recordar esos lugares para su informe, y entre esas observaciones ocasionales para Strachan y sus sueños para el futuro, empezó una conversación inconexa con Ivar, preguntando al isleño barbudo y grandullón qué palabras empleaba para las cosas que veía a su alrededor.
Las más fáciles eran las que se referían a las aves y los peces y la vegetación, porque Ivar podía señalarlos mientras caminaban, y si John Ferguson lograba identificarlos, todo era muy directo:
Surek. Lorin. Floderk. Klonger. Hirvek.
Acedera. Cormorán. Lapa. Rosa silvestre. Colimbo.
Hogla. Longi. Horseheuv.
Pastizal de la colina. Arao. Calta.
También los colores eran fáciles porque estaban ahí, ante sus ojos, en los animales y las plantas: emskit era «un gris oscuro y azulado»; dombet era «gris oscuro»; broget era «pinto, diverso».
Otras palabras eran más difíciles porque había muchas relativas a las variaciones en el clima y el viento, y en el comportamiento del agua, que parecían referirse a algo muy claro para Ivar pero que John Ferguson no podía definir con seguridad, o que lo dejaba desconcertado: palabras como gilgal, skreul, pulter y yog, fester y dreetslengi, que parecían gozar de un significado preciso y particular que estaba más allá del alcance de su experiencia o su capacidad de observación; todo lo cual, con una tenue sensación de derrota, él traducía en conjunto como «un mar embravecido».»
Despejado, de Carys Davies
Imagen: Evening, Red Tree, de Piet Mondrian





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