«Antes de la llegada de John Ferguson nunca había pensado en realidad en las cosas que veía u oía o tocaba o sentía como palabras. En los viejos tiempos, el ministro les había leído partes de la Biblia, en un idioma que ellos no entendían, y luego les había gritado en algo que se acercaba a su lengua. Pero era extraño pensar en una hermosa bruma, por ejemplo, o en el frío viento del nordeste que llegaba en primavera y estropeaba el maíz, como cosas sólidas sobre un papel que se pudiera tocar. Se preguntaba, mirando las columnas de palabras, ninguna de las cuales podía leer -ni las de la izquierda, en el idioma de John Ferguson, ni las de la derecha, en el suyo-, si había una palabra en la lengua de John Ferguson para la emoción que sentía cuando deslizaba su dedo a lo largo de la línea entre ambas columnas de palabras, que le parecía que conectaba sus vidas del modo más intenso que cabía imaginar: palabras para aludir a la leche o al arroyo o al escarabajo de alas azules que no sabía volar, que vivía en el prado de la colina: palabras para «fletán» y «establo», y para el nudo que utilizaba en el ronzal de la vaca; palabras para «casa» y «mantequilla», para «hogar» y suero de leche», para «algas» y para «gallinas».

Era como si nunca hasta ahora hubiera entendido su soledad del todo; como si, con la llegada de John Ferguson, se hubiese convertido en algo que no había sido nunca, o que no había sido en mucho tiempo: en parte hermano y en parte hermana, en parte hijo y en parte hija, en parte madre y en parte padre, en parte marido y en parte esposa.»

Despejado, de Carys Davies

Imagen: A Young Painter, de Lucian Freud

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