Gaël Faye, el autor de El Jacarandá, es hijo de madre ruandesa y padre francés. Cuando él tenía 13 años la familia se exilió a Francia huyendo del genocidio de Ruanda. El Jacarandá es una novela que ahonda en la importancia de la identidad y sobre todo en la grieta que se abre en una sociedad ante un suceso de tal magnitud. Milan, el protagonista, decide años después volver a Ruanda y saber de primera mano cómo es el país en el que nació y la familia que apenas conoce. Es una novela preciosa e interesante que les recomiendo vivamente.

«Las conversaciones se eternizan. Adivino que hablan de otras personas, de la familia, de cosas triviales de la vida cotidiana. Sus teléfonos móviles vibran, suenan. Envían mensajes. En una pantalla de gama baja, una de las vecinas muestra la foto de un recién nacido. Se callan. Susurran. De repente, suben el volumen de la conversación. La oscuridad es total. No distingo lo que escribo. Abuela enciende una pálida luz de neón alrededor de la cual revolotean insectos. De repente surgen los rostros. Inexpresivos. Una salamanquesa corre por una pared y luego se detiene de golpe. Gracias a unos gestos evocadores y a alguna que otra palabra en francés, comprendo que hablan de una sobrina con una cara bonita pero un trasero enorme. De otra con brazos muy gruesos. Fuera, los empleados de la abuela charlan, encienden la radio, dejan correr el agua. Hablan de algo triste. Capto al vuelo la palabra «genocidio». La vecina dice «oyaaaa». Mi abuela le da un tono más trágico a la historia estirando las palabras, subrayando las consonantes, empezando la frase despacio y luego acelerando. La otra vecina se lleva la mano a la mejilla y mueve la cabeza con incredulidad. En cuanto una vecina habla, abuela aprueba con un «yego» o una interjección bovina, un «mmm» declamado en todas las gamas, desde el asombro al asentimiento, pasando por la reprobación. La vecina piensa que parezco «un árabe». Las palabras francesas «mariage«, «alliance«, «levée de deuil» se repiten varias veces. Las vecinas se quejan. Todas las semanas hay que ir a bodas, funerales, dotes y ceremonias de levantamiento de luto. Y cada vez hay que ir al peluquero y a la costurera de mishananas (el vestido tradicional).»

El Jacarandá, de Gaël Faye

Imagen: Autorretrato, de Eva Schulze-Knabe

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