Camino de mi casa hay un banco en el que solo se sienta gente solitaria. Es un banco que mira a la cancha de deporte de un instituto y al que dan sombra unos grandes tilos. Es un lugar húmedo y poco frecuentado al que solo se asoma el bidegorri.
Allí he visto sentado a un hombre que no debe tener casa, se coloca en una esquina rodeado de bolsas y una mochila. He visto un adolescente que fuma distraído, quizás se ha marchado de clase aburrido por el Siglo de Oro. He visto uno de esos rumanos cuadrados como armarios que se toman un respiro en su trajinar por los contenedores. He visto varias veces a un hombre de piel oscura con un aire especialmente triste. No he visto muchas mujeres, pero a veces también veo alguna que se sienta, se ajusta el velo y se queda allí un rato, quizás el único rato tranquilo que tiene en todo el día.
No he visto en ese banco jubilados que pretendan matar el tiempo, no es un sitio bonito en el que estar, es un lugar más bien para refugiarse, un sitio en el que se busca no molestar y que no le molesten a uno. Justo lo que necesitan los que no tienen papeles, los que están aquí pero es como si no estuvieran, los que no conocen a nadie y solo esperan un papel que diga quiénes son.
Tengo ese banco en la cabeza para cuando no quiera que me encuentren.
Imagen: In the Park, de William Merritt Chase





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