Hay libros que te gustan sin razón alguna, es decir, tratan de un tema que nunca te ha interesado o están protagonizados por alguien detestable y, sin embargo, son libros que te encandilan desde la primera página. Algo así me pasó a mí con H de halcón, de Helen Macdonald. Está protagonizado por una mujer estudiosa de las aves salvajes que se propone domesticar un azor. Desde ya les digo que es una tarea apasionante aunque lo único que sepan de los pájaros es que los canarios son amarillos. Helen Macdonald no solo es una naturalista experta, sino también escritora, poeta, ilustradora e historiadora. Me llama la atención su gusto por las palabras y cómo se detiene explicando de dónde proceden este o aquel término. Si no lo han leído, les recomiendo vivamente este libro.
«Tendría que haberlas hecho antes, pero no pude. Solo ahora el azor parecía lo bastante real como para que fueran necesarias. Las pihuelas son las correas de cuero suave que pasan a través de los ojales de las polainas de cuero que se colocan en las patas de un ave de presa adiestrada. En inglés se llaman jesses, en singular, jess. Es una palabra francesa del siglo XIV, de cuando la cetrería era el deporte favorito de la clase dominante. Un pequeño fragmento de historia social en el nombre de una tira de cuero. De niña, me había aferrado al desconcertante y complejo vocabulario de la cetrería. En mis viejos libros de cetrería cada parte de un halcón, azor o gavilán tiene su nombre: las plumas, cobertores o remeras; las garras, las uñas, el estropajo bajo la cola. Se dice que las dos primeras crías de un halcón son hembras y por eso el macho, que nace el tercero, se llama terzuelo o torzuelo. Los pájaros jóvenes son niegos; los mayores, rateros, y los más viejos, zahareños. Los halcones a medio adiestrar vuelan sujetos con un largo hilo llamado fiador. Los halcones no se limpian los picos, sino que los asean. No comen su comida, sino su gorra o papo. Cuando clavan sus garras en la presa, la acuchillan. Y así continúa en una mareante panoplia de términos precisos, que lo eran por un motivo. Conocer la terminología de la cetrería era un signo de tu posición en la sociedad. (…) Pero cuando yo era pequeña estas palabras no tenían para mí ninguna connotación de estatus social. Eran palabras mágicas, arcanas y perdidas. Yo quería dominar este mundo que nadie conocía, convertirme en una experta en su lenguaje secreto y perfecto.»
Helen Macdonald: H de halcón
Imagen: Portrait of Dora Wheeler, de William Merritt Chase





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