Nos fuimos una semana a Roma, soñábamos con tomar un capuchino en la Plaza Narbona y pasear a orillas del Trastévere. No contábamos con que a medio mundo se le hubiera ocurrido la misma idea. Acercarnos a la Fontana di Trevi resultó ser un auténtico calvario; llegar a la Plaza de España, un viacrucis y para visitar el Museo de Villa Borghese necesitamos más paciencia que un santo. Después de hora y media de cola, doy fe de que no guardo memoria de nada de lo que vi en el museo, fue un dejarnos llevar por las hordas de gente pensando que algo así sería estar en el limbo, flotar entre nubes de gente sin más voluntad que dejarse llevar.

Empezamos a dudar acerca de ir al Vaticano, si la ciudad estaba imposible, la iglesia… con la iglesia hemos topado, Sancho. Decidimos intentarlo ya que estábamos allí, entramos de milagro, había tanta gente que no cabía un alfiler, daban ganas de salir corriendo como alma que lleva el diablo, volver al hotel, volver a casa, a cualquier sitio en el que no hubiera tanta gente. Estábamos los cuatro hechos un Cristo, cansados, aturdidos, sedientos… El mayor nos decía que nos apuráramos, que nos iban a cerrar el restaurante pero fue predicar en el desierto porque ya no podíamos con nuestra alma.

Y justamente ese rato y la lasaña boloñesa que nos comimos en el restaurante Angelo fueron lo mejor del viaje, un auténtico bocato di cardinale.

Imagen: Fisher, de Daryl Zang

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