Imaginé que crecía, que mis piernas se alargaban y también mis brazos, que me cortaría las trenzas y mi pelo no pasaría de los hombros. Imaginé que estudiaba, que estudiaba mucho y aprendía muchas cosas. Imaginé que me ganaba la vida, que tenía amigas y también amigos, que cada día era un día distinto, que cada día se iba pero me dejaba algo. Imaginé que vivía sola, que solo así conseguiría hacer algo que cambiara el mundo. Imaginé que era feliz, que estaba tranquila, que no me faltaba un abrazo. Imaginé que siempre tenía la misma edad, que no envejecía aunque el mundo cambiaba.
Hasta que un día, allí por la mitad de mi vida, me di cuenta de que el pasado me alcanzaba, que el futuro se acortaba. El mundo me rehuía, se negaba a cambiar tanto como yo quería, tanto como yo había imaginado que estaría cambiado a esas alturas.
Y cambié yo, cambié la forma de verlo, tuve que dejar de fabricarme excusas, tuve que buscar otro afán, uno más sencillo y entonces fue más difícil levantarme cada día.
Imagen: Young Girl Sewing, de Vilhelm Hammershoi.




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