Camino por Sofía y me paro constantemente tratando de descifrar lo que pone en los edificios. Antes de venir me fabriqué una tarjeta plastificada con las equivalencias de los alfabetos latino y cirílico. La saco y voy buscando las letras que veo: eso que parece un puente es la ‘p’, la ‘a’, por suerte, se escribe igual, hay una que es nuestra ‘h’ que en cirílico es la ‘n’ y así, despacio despacio, leo Parlamento y entonces sé que ese es el edificio del Congreso. Pienso en los niños cuando aprenden a leer, en mi hijo cuando iba descifrando todos los letreros que le salían al paso, letra por letra. Fíjate, ama, gritaba con alegría, pone “carnicería”. Y así, poco a poco, espero, me iré familiarizando con el cirílico y será más fácil saber lo que pone en cada esquina. Pienso en la gente que no sabía leer, cómo se las arreglaría… y me acuerdo de lo que me impresionó aquel libro de Ruth Rendell en el que una criada asesinaba a los dueños de la casa harta de no entender las notas que le dejaban.
Debería practicar al llegar al hotel pero estoy exhausta. Se me había olvidado lo difícil que es aprender a leer.
Imagen: Sunlight in the Blue Room, de Anna Ancher





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