Mi hermano fue mi primer amigo. También fui su segunda madre, su compañera, su confidente, su hermana. A veces pienso que mi amor por él nació del instinto de supervivencia: dado que era el preferido de mi madre decidí sumarme y quererle yo también, así mi madre no vería en mí a la envidiosa que reclamaba su puesto, pero casi siempre pienso que le quise porque sí, porque era imposible no hacerlo.
Jugábamos juntos, dormíamos juntos, le llevaba al colegio… Si mi madre castigaba a uno de los dos sin paga repartíamos la del otro, si castigaba a uno de los dos sin salir a jugar a la calle el otro se quedaba en casa. Tener un enemigo común une mucho. Levantamos un frente que rompió los esquemas de mi madre y nos unió irremediablemente.
Yo era la mayor y me erigí en su defensora. Si alguien le tocaba un pelo, allí aparecía yo dispuesta a romperle las piernas. Él apostaba con sus amigos a que yo hacía esto o aquello y yo iba y me dejaba las rodillas saltando esto o aquello. Cuando empezó a correr carreras ciclistas, era su hermana la que le llevaba en el 127 que teníamos entonces, le aplaudía a rabiar, le daba agua y en la meta le ponía una toalla en la cabeza.
Cuando me fui de casa de mis padres y él se quedó, buscábamos un rato para comer juntos, para vernos. Me contaba cómo le iba, me hablaba de sus novias, del curso de teatro que había empezado a hacer.
Por eso, cuando murió perdí mucho más que un hermano, perdí un cómplice, un compañero de juegos, la memoria de mi infancia, mi primer amigo, todo lo que era además de mi único hermano.
Imagen: Paul Helleu, de John Singer Sargent





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