«Dicen que los neerlandeses no hablan más que cuando tienen algo que decir. Aquí, donde me rodea el neerlandés y me comunico en inglés, a menudo experimento mi lengua materna como ajena. Tan solo ahora que me hallo en el extranjero, me doy cuenta de que mis compatriotas se comunican entre sí en una suerte de semilenguaje, como si se tragaran la mitad de las palabras, como si escupiesen semivocales. Percibo mi lengua materna como el esfuerzo de un discapacitado que sufre dificultades del habla, que apoya todos y cada uno de sus pensamientos con profusión de gestos, muecas y tonos. Las conversaciones entre mis paisanos me parecen largas, abrumadoras e insulsas. Da la impresión de que, en vez de hablar, se dan palmaditas con las palabras, de que se empapuzan mutuamente con una consoladora saliva sonora.
Por eso tengo la sensación de que es aquí donde estoy aprendiendo a hablar. Me cuesta, cada poco tomo aliento solo para no enfrentarme al hecho de que no soy capaz de decir lo que quiero; para no enfrentarme a la pregunta de si con un idioma que no ha aprendido a describir la realidad es posible hacer algo, aunque la percepción interior de esta realidad parezca muy compleja, sí es posible contar una historia, por ejemplo.
Porque yo he sido profesora de literatura».
Dubravka Ugresic: El Ministerio del Dolor
Imagen: Sentinel, de Darren Reid




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