Cuando voy a empezar un libro nuevo, lo miro con incertidumbre, ¿me gustará?, leo la contraportada, le echo un vistazo a la foto del autor. ¿Me gustará como para prestarlo? ¿Me gustará tanto que me querré quedar a vivir en sus páginas?

Puede ser que el libro me haya llegado recomendado por una amiga o quizás he leído una crítica apasionada, pero sea cual sea la forma en que ha llegado a mis manos siempre está esa chispa de duda, ¿me gustará?

Porque a veces me conmueven los libros más insospechados, la historia de una mujer que decide criar gallinas, o la de un niño que se aferra a su vida cotidiana en medio de una guerra. Hay autores que me gustan tanto que quiero leer todo lo que han escrito mientras otros me resultan predecibles y me cansan y hasta hay algunos con los que entablo conversaciones, no siempre amistosas.

Algunos libros me descubren mundos que desconocía por completo, puede ser el Imperio Otomano o el hermafroditismo y están aquellos con los que mis neuronas se multiplican como locas intentando abarcar y archivar tanto disfrute.

También están los que me aburren soberanamente, libros que cierro en la página 27 sin el más mínimo cargo de conciencia. La vida es demasiado corta para perder el tiempo con un libro que no me gusta.

No comparto la opinión de Sergio del Molino cuando dice que un libro no le cambia la vida a nadie, a mí uno me la cambió, me ofreció otra forma de vivir, una filosofía, una manera diferente de mirar el mundo y le estoy infinitamente agradecida.  

Imagen: Study for Ten Days, de Bo Bartlett

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