Mi vecino tiene muchos años y unos ojos azules que miran y ven. Se desplaza en silla de ruedas porque sus piernas ya no le sostienen. Cada vez que me ve volver a casa con la bici me mira con tristeza y sé que recuerda los años en los que él andaba en bici. Me mira y en sus ojos azules pasan paisajes junto a la costa, se ve el mar a la derecha y la montaña a la izquierda, esa que se derrumba sobre la carretera todos los inviernos.
Mi vecino es callado, hombre de pocas palabras, quizás porque habla con los ojos. Aunque nunca le he visto de pie, sé que es alto y también sé que tuvo hijos y una mujer y ahora también tiene nietos, altos como él, que vienen a visitarle.
Uno de estos días llegaba yo con la compra, tres bolsas grandes en las dos manos, cuando le vi sentado en el bar de abajo; pensé saludarle y seguir pero él me miró a los ojos y entonces me acerqué. Hola, egunon, qué tal estás, le dije deprisa, y él fijó sus ojos azules en los míos y torció la cabeza en un gesto impreciso. Y de repente, a través de su mirada, vi el joven atractivo que debió ser, vi esos rasgos finos que se esconden en su cara y la expresión curiosa y soñadora de alguien de veinte años.
Y pensé que en cada uno de nosotros están, cuando somos mayores, el niño y el joven que fuimos, aunque algunos los tienen escondidos y otros los dejan que asomen a la primera de cambio, como mi vecino.
Imagen: Mixed Bouquets, de Laura Coombs Hills




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