Si la lengua es eso que usamos para entendernos y comunicarnos, cuando no queremos ni entendernos ni comunicarnos también usamos la lengua. Utilizamos estrategias que diferencien nuestra lengua, siquiera un poco, de la del vecino. No podemos inventarnos un nuevo idioma porque no nos entenderíamos, pero podemos ir, poco a poco, modulando sonidos, inventando expresiones… de manera que podamos reconocer a los nuestros, los que hablan como nosotros, de los otros. De nuevo, nosotros y los otros. Esta cita que copio a continuación es muy ilustrativa y muy interesante. Y el libro también.
«Daniel Šehić no me pudo enseñar mucho esloveno, principalmente porque buscaba cualquier excusa para hablar en bosnio. No obstante, me adoptó enseguida como un chico guay y me reconoció como su amigo, lo que significaba que no me vapulearía ni siquiera los días que estuviera irritable ni se molestaría por cualquier tontería. En vez de enseñarme a hablar esloveno, Daniel me entrenaba para saber hablar a la manera bosnia y me familiarizó con expresiones bosnias que me resultaban desconocidas, al mismo tiempo que se reía de mi manera de hablar el croata, que a él le parecía una lengua del todo distinta. A menudo compartía mis expresiones croatas, para ellos tan extrañas, con los demás compañeros de clase, especialmente con Boris y Ermin. Luego los tres se reían de mi manera de acentuar las palabras. Según ellos, mi manera de hablar la «lengua de los bosanci» -el serbocroata hablado en Fužine llegó a ganarse esa denominación- era bien divertida. Es decir, que según ellos existían unas reglas muy claras sobre cómo había que hablar el serbocroata, y lo que estaba más que claro era que mis barbarismos provenientes del italiano eran completamente inapropiados, mientras que sus préstamos del turco eran más que deseables. Daniel, Boris y Ermin me chinchaban durante días si se me escapaba alguna de las expresiones que yo estaba acostumbrado a utilizar, por si decía de alguien un poco trastocado que era munjen, o bien si para referirme a un escupitajo utilizaba la palabra katarač.
Lo más importante para mi formación fue la introducción al nacionalismo que Daniel me impartió como gran experto en el tema. El primer día me preguntó cómo se llamaba mi padre. Al día siguiente me explicó que mi padre era serbio porque Nedeljko era un nombre serbio, como también era Bladan. Luego me dijo que no tenía ninguna importancia si mi madre se llamaba Duša, porque la nacionalidad siempre la determinaba el padre. Por eso él era musulmán, porque su padre era musulmán. Me explicó que Daniel también podía ser considerado un nombre musulmán. Su padre en realidad había querido que él se llamara Adnan, pero ese nombre no le gustaba a su madre, que no se enteraba de nada. Daniel que se debería haber llamado Adnan, me informó de que en la clase había siete eslovenos, dos croatas, tres musulmanes, ocho serbios, un macedonio, un kosovar y una pareja de estúpidos que no querían confesar cómo se llamaban sus padres y escondían su origen para que los otros no se burlaran de ellos».
Yugoslavia, mi tierra, de Goran Vojnovic
Imagen: The Mastermind, de Meghann Stephenson





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