«Por supuesto que entendía bien la situación absurda en la que me hallaba. Tenía que dar clases de una materia que oficialmente ya no existía. La Filología Yugoslava -que antaño abarcaba la literatura eslovena, croata, bosnia, serbia, montenegrina y macedonia- había desaparecido como carrera junto con Yugoslavia. A los estudiantes a los que debía impartir clase les preocupaban solo los papeles holandeses, no la literatura. Estaba allí para enseñar la literatura de un país (o, según el nuevo orden de cosas, de unos países) del que mis alumnos habían huido o habían sido expulsados. En resumidas cuentas, el absurdo se multiplicaba y la casa se desplomaba. De mí se esperaba que entre el montón de ruinas encontrara un pasadizo y emprendiera la marcha.

Comencé por el idioma, por el croata-serbio, por el servo-kroatisch. La lengua que se hablaba en Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro ahora, igual que el país, se había dividido en tres lenguas oficiales: croata, serbio y bosnio. Esta división oficial en croata y serbio existía ya antaño, la novedad era solo el establecimiento de los puestos de control lingüísticos. De todos modos, las «nuevas» lenguas no me preocupaban y no se me había pasado por la imaginación separarlas por las diferencias contenidas en una cincuentena de palabras. Me preocupaba más el descubrimiento de una rigidez general del idioma en sí, y luego la mala voluntad e incapacidad de mis alumnos para servirse de él. A su «dudosa» lengua materna, la nuestra, ahora añadían, además de un inglés mediocre, un holandés deficiente.

Dije que el croata, el serbio y el bosnio eran variantes de una misma lengua y que apoyaba firmemente esa tesis.

-Todos los idiomas son dialectos tras los que se encuentra un ejército. Tras el croata, el serbio y el bosnio se hallan bandas paramilitares. No irán a permitir que criminales medio analfabetos sean sus consejeros lingüísticos, ¿no? ¡Solo nos faltaba eso! -dije, y al mismo tiempo era consciente de que pertenecía a las generaciones cuyas lecturas escolares estaban salpicadas de fragmentos en esloveno, macedonio, serbio y croata, impresos en alfabeto latino y en alfabeto cirílico, y de que al cabo de una decena de años ya nadie se acordaría de ese hecho.»

Dubravka Ugresic, El Ministerio del Dolor

Imagen: Silent Separation, de Young Park

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