Cuando mi madre y su hermana pequeña hablaban y no querían que yo les entendiese, intercalaban el sonido «ti» entre sílaba y sílaba. Como tenían práctica, era difícil entender lo que estaban diciendo y yo, como la protagonista de Indignidad, me desesperaba.

«¡Siempre habláis en griego cuando tenéis un secreto!» Debía de tener cinco o seis años la primera vez que pronuncié esas palabras con rabia. Era la noche de fin de año y la prima de mi abuela, Cocotte, que solía visitarnos en invierno, acababa de llegar en el último tren del día. Seguía con gran interés una de sus animadas y misteriosas conversaciones en francés sobre Salonique la Magnifique cuando de pronto se pasaron al griego. Lo interpreté como un gesto deliberado de hostilidad, con la intención de excluirme o, aún peor, de sabotear mis esfuerzos de comprensión, un método cruel con el que volvían absolutamente impenetrable un mundo al que yo había logrado acceder tan solo por medio de ilimitados saltos imaginativos. «Mais non, ma chérie», contestó ella. «Intentamos recordar la letra de algo que cantábamos cuando éramos niñas; se hace extraño traducirlo.» Y entonces cantó en griego: «Kanarini mou glikó, esi mou píres to mialó» («Dulce canario, he perdido la cabeza por ti»), y luego otra vez en turco, con la salvedad de que cambió la palabra kanarini, «canario», por bülbül, que es como se dice en albanés y turco «ruiseñor», y la canción, en lugar de dar miedo, parecía dar consuelo, como el trino de los pájaros en un fresco anochecer de verano. Me quedé tan cautivada que desde ese día, mi abuela me la cantaba todas las noches antes de dormirme.»

Indignidad. Una vida recreada, de Lea Ypi

Imagen: Playa de Estaño o Reyes, de Clara Gangutia

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