Sube la cuesta despacio, distraído, cuando se encuentra conmigo. Se alegra de verme, aunque creo que se alegraría de ver a cualquiera con el que pudiera entablar una conversación, distraerse un poco, pasar el tiempo. Lleva una camisa que le queda corta y estrecha, uno de los botones ha roto la tela a fuerza de ir tirante.
Me pregunta si sé que ha muerto el que fue nuestro jefe, sí, lo sé, y empieza a recordar anécdotas de aquellos años. No sé cómo decirle que he quedado, que me tengo que ir. Enlaza un comentario con otro, un lugar común con otro. Me vuelvo a fijar en su ropa y pienso, con esta mente machista que late en mí agazapada, que se ha debido de divorciar, que no llevaría esa camisa si tuviera mujer ni estaría tan necesitado de hablar si tuviera alguien con quien compartir la vida. No parece triste porque siempre ha sido dicharachero pero se le ve muy solo.
Finalmente le interrumpo y le digo que me tengo que ir, que qué pena, que siga bien, que me alegro mucho de verle y entonces me mira y reacciona, ah, vale, sí, sí, vale, hasta otra. Y recuerdo aquel chico delgado, de pelo rizado y andar rápido que era y pienso en las cosas que la vida hace con nosotros o lo que nosotros hacemos con la vida, o lo que deberíamos hacer y no hacemos y… qué sé yo.
Imagen: Blue Interior 1883, de Harriet Backer




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