«El río se desbordó cuando tenía diez años y el pueblo era reciente. La tormenta primero, la lluvia gorda después, que hizo sangrar la nariz de mi papá. El río llegándose al pueblo que le habían puesto delante. Así es nuestra lengua, reacciona frente a la tormenta, cuenta una y otra vez esta historia. En los descansos, levantan los pueblos y cambian su curso. Nuestra lengua desborda.

Hacemos palabras como la cosa más común del mundo, como quien cocina, partimos de la idea de que es bueno comunicarse.

La lengua participó de mi transformación, llevando y trayendo los chismes que nutrían a mi primera travesti, mi primer intento, la niña rubí, la niña hecha también de los monstruos subterráneos que llevaban las sentencias, las acusaciones, las invenciones respecto a mi vida. La lengua prohibiendo, insultando, castigando y mordiendo la existencia tan fina de una niña travesti.

Una vieja le dice que es posible. Entonces la niña no se muere ni se mata.

La lengua para hablar con el padre. Su exactitud, su pobreza, lo poco que puede decirse con ella, un idioma de muy pocas palabras. Dos más dos es cuatro. Es blanco o es negro. Es bueno o es malo. Tal vez no haya para hablar con el padre más que un puñado de palabras que repitan la existencia de las cosas. Así mismo es hablar la lengua de los machos.

¿Dónde, en este preciso momento, la lengua se desborda, no cabe en sí misma, no cabe en el cuero, revienta como una bomba? ¿Dónde, si no en la rabia?

Mi lengua hace tiempo que no besa. Me bauticé, eso es suficiente.

Ahí va la sangre espesa. Me queda la palabra incongruencia. Me queda la palabra despropósito.»

La traición de mi lengua, de Camila Sosa Villada

Imagen: Springtime, de Claude Monet

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