Esta cita me ha seducido porque habla de esa sensación de disfrute y pecado que se tiene cuando hablas en un idioma que crees que solo tu interlocutor y tú conocéis, habla del deleite de escuchar tu lengua hermosamente hablada y habla también de cuánto una determinada forma de expresarse nos cuenta del hablante. Espero que les guste.

«Mi estancia tocaba a su fin, estaba sentado al sol en la terraza del café Römerhof con una búlgara y charlábamos tranquilamente, disfrutando la ventaja de nuestro poco frecuentado idioma, con la certeza de que nadie entendería una sola palabra de nuestros comadreos. Todo lo comentábamos sin pelos en la lengua: desde los visitantes del café y las rarezas de los suizos hasta la eterna fatalidad que entraña ser búlgaro, tema este capaz de llenar cualquier pausa incómoda en la conversación. Para un búlgaro, quejarse es como hablar del tiempo en la borrascosa Albión: siempre procede.

En ese instante, un respetable caballero hermosamente envejecido que tomaba café a nuestro lado se giró y se dirigió a nosotros con la más apacible voz búlgara (por lo normal, «apacible» y «búlgaro» no casan del todo bien). Perdonen la indiscreción, pero soy incapaz de apagarme los oídos cuando escucho un búlgaro tan hermoso.

Hay voces que enseguida cuentan una historia. Aquella era una voz emigrante, de la vieja emigración. Es asombroso cómo conservan su búlgaro sin acento, tan solo algunas vocales se habían quedado en las décadas de los cincuenta y de los sesenta del lenguaje, lo que lo dotaba de cierta pátina. La incomodidad por haber sido pillados in fraganti pronto se desvaneció. Al fin y al cabo no habíamos dicho ninguna maledicencia del caballero.»

Gueorgui Gospodínov: Las tempestálidas

Imagen: Self Portrait, de Pan Yuliang

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