«En Estados Unidos, ese diccionario me enseñó todo lo que necesitaba. Cómo preguntar por el baño («bathroom») y cómo leer «uptown» en las señales del metro cuando quería ir a la parte alta de la ciudad. Cuando aprendí a decir «cigarrillo», iba por ahí repitiéndolo como una oración, como un conjuro. Ciiigarrett. Era mi palabra favorita. Si me acercaba a alguien y la decía, una de cada cinco veces me daban uno. Y el lenguaje podía convertirse en comida con la misma facilidad.
Pero el diccionario no me preparó para la cantidad de desechos que contenía el idioma. Uno podía decir «agua» y «Por favor, ¿puede darme un vaso de agua?», y ambas tenían el mismo efecto. O un efecto con una diferencia tan sutil que nunca iba a aprender la diferencia. Artículos, formalidades, ligadura. Tejido conjuntivo que llena el aire. Que llena el tiempo. Es la diferencia entre lenguaje y comunicación, sí. Pero es que lo que yo andaba buscando era la comunicación. Creo que todavía lo es.
Incluso las letras contienen su parte de desecho. Si escribo «escri6ir» o «escrlblr», cualquier lector mínimamente hábil entenderá lo que he escrito. Incluso podría sustituir todas las íes por eles, «esclblr», y la palabra seguiría siendo legible. Está claro que algunas de las partes compositivas del idioma son meros desechos, mientras que otras son esenciales. Y no hay diccionario que te diga cuáles son cuáles.»
Kaveh Akbar: ¡Mártir!
Imagen: Autorretrato, de Cristina Troufa





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