Hay ocasiones, a las que se llega por muy diversos motivos, en las que uno reniega de su lengua, decide que es un idioma maldito, que ese país que fue el nuestro nos abandonó un día, que nos hace demasiado daño… y entonces adoptamos como propio un idioma extranjero, no importa que lo hablemos mal y que no soñemos en él, lo adoptamos porque, por lo menos, no nos hiere.
«Allí mismo, en la estación de autobuses de Liubliana, gracias a la conversación con ese desagradable empleado del transporte público, oí por primera vez a mi madre hablar en una lengua extranjera. Hablaba en esloveno, en la lengua que debería haber sido mi lengua materna si ella no hubiera cortado toda relación con sus padres y no hubiera decidido hablar siempre en su imaginativo serbocroata. Duša acentuaba mal las palabras cuando me leía cuentos, y me cantaba canciones de cuna adaptándolas a sus extraños criterios lingüísticos. Mi padre se divertía mucho con sus errores, e incluso años más tarde, cuando ella ya dominaba sin titubeos su serbocroata de Istria y el argot militar correspondiente, él seguía cantando las canciones con todos sus errores de antes. Mi madre dirigió unas cuantas preguntas en esloveno al conductor con cara de pocos amigos. Yo no entendía ni una sola palabra. Durante todo el viaje hasta Vnanje Gorice me acompañó la sensación de que esa persona que hablaba en otra lengua era una completa desconocida. Aquella fue la primera vez que sentí a mi madre como una extraña. Bajamos del autobús junto a otras personas, y me pareció que ella era una más de ese grupo de extraños desconocidos que hablaban en su extraña lengua.»
Yugoslavia, mi tierra, de Goran Vojnovic
Imagen: Betsy and Alyssa, de Bo Bartlett




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