Cuando yo era pequeña vivíamos en una villa compartida con otras tres familias. Dos de ellas vivían en la parte baja y las otras dos en la alta. En una de las dos mitades del bajo vivía una pareja que tenía cinco hijos, todos varones. Algunos pegaban a mi hermano, otros me pegaban a mí. Mi hermano era tres años menor que yo y solía meterse en el gallinero cuando ellos salían a jugar. Yo me hacía la chulita y me peleaba con todos, a los tres pequeños les podía, por eso, porque eran pequeños, el cuarto, Manuel, era de mi edad y me sacudía y al mayor, Vicente, solo le atizaba si le tiraba una piedra y acertaba. Mi madre, curtida en esas y otras peleas, nos decía: “el día que le abráis la cabeza a uno de esos os hago un regalo”. A mí me parecía una barbaridad aunque seguía tratando de defender a mi hermano. 

Un día tuve una pelea más seria de las habituales y Manuel me dejó un brazo ensangrentado, no me acuerdo cómo o con qué. Sí recuerdo que le pegué en la sien con todas mis fuerzas porque mi madre decía que la sien era muy delicada, y subí a casa corriendo asustada ante la sangre que manaba de mi brazo pero sin soltar una lágrima.

A mi madre no pudo importarle menos mi brazo. Lo miró con indiferencia y dijo, hija mía, al fin has aprendido algo, no se llora delante del que te pega, nunca, que no sepa que te ha hecho daño. Esta tarde te hago chocolate con rosquillas.

Imagen: Zeitgeist, de Bo Bartlett

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