En Singapur, ciudad-estado, existen cuatro lenguas oficiales: el inglés y el chino mandarín, bastante extendidas entre sus cuatro millones de habitantes, y luego el tamil y el indonesio, de menor influencia. El inglés es la lengua de la administración, del comercio, de la industria y de la enseñanza primaria. El chino está en boca de las tres cuartas partes de la población, y los indonesios y los tamil se reparten el resto. Pero ni el tamil de Singapur ni el romanche de Suiza, lengua propia de apenas unas decenas de miles de personas, son por ello consideradas por sus hablantes lenguas menores.

Otro tanto sucede con las variedades del occitano en Francia, las lenguas latinas de Italia que no alcanzaron el prestigio y la dimensión del toscano -que luego sería el idioma de toda Italia-, así como todas aquellas que no tienen un estatus nacional y que son, a veces, mal llamadas dialectos.

Desde el punto de vista sociolingüístico es adecuado llamar dialecto a una lengua con respecto a aquella de donde procede, como por ejemplo, el portugués y el sardo son dialectos del latín, mientras el andaluz y el murciano tal vez sean un día dialectos del español, pero de momento los lingüistas prefieren llamarlos variedades, es decir, modos de hablar que tienen o no la posibilidad de convertirse un día en lengua.

Imagen: Self Portrait, de Pan Yuliang

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