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Que venga Dios y me folle
«-Nosotros ya hemos vivido nuestra vida, los pequeños no -dijo Zora, una señora de setenta años que vivía en el piso situado encima del nuestro. Su marido, el ciego Mihajlo, añadió que, además, cada uno de los ancianos había sobrevivido ya a una guerra, y que eso era más de lo que una persona podía soportar. -Que sea Dios quien…



